Jesús's profileUn vergel en medio de la...PhotosBlogListsMore Tools Help

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    March 10

    Una de vaqueros

    Se oía detrás de un montón de paja el tracatá de un tractor al ralentí mientras las vacas tumbadas en el cercado me miraban tranquilamente mientras rumiaban. Seguí los sonidos en busca del vaquero que supuse maniobrando tras las alpacas. Rodeé la amarillenta paja y me encontré con Diego y Juanjo charlando a gritos, calmados pero chillándose para vencer el estruendo del motor en marcha.
    Sigilosamente arropado por tanto ruido llegué a su altura hasta que notaron mi extraña e inesperada presencia; con aquella música de fondo habría sido inútil tratar de mantener una conversación normal. Ambos a la vez dejaron de hablar durante un instante, como si aquello que discutían fuera alto secreto, pero poco después, Diego, el más anciano de los dos, con su hablar atropellado pretendía zanjar el tema pidiendo consejo sobre una cura para sus vacas a lo que Juanjo respondió como siempre había hecho, sentado en lo alto de la máquina, con desganas y sin explicaciones.
    No comprendía al principio muy bien de que hablaban, así que les consulté sin miramientos si les podía ayudar, pues para algo soy veterinario. De nuevo el silencio en sus rostros, y miradas entre ellos y hacia mi. Esta vez fue Juanjo quién habló, contándome que Diego tenia un problema con una de sus vacas, y sin dejar que terminara este te lanzó a detallarme el caso, escuetamente, sin sentido; solamente un traductor de Chino podría haberme explicado que quería contarme. Desconcertado traté de que se hiciera entender mediante preguntas cortas y sencillas, o al menos eso pensaba a priori. La primera en la frente, como casi siempre. Le pregunté por la conformación de la vaca enferma a punto de parir, a lo que Diego respondió lo que corresponde: “¿La qué?” Enseguida Juanjo entró en mi juego actuando de traductor para ver hasta donde quería llegar con mis preguntas, y a la vez, juzgar mis conocimientos. La suya fue una pregunta más sencilla: “¿Está gorda o flaca la vaca?”. Por fin estábamos los tres integrados de una extraña manera en una conversación a trompicones. Si no sabes aun la respuesta de Diego, te diré que es la más común entre los ganaderos orgullosos: “Pues normal”. Poquito a poco fui acopiando los pocos datos que pude para realizar un diagnóstico presumible, siempre encauzado hacia alguna de las enfermedades más comunes en las cuadras.
    Cuando tenía suficientes respuestas y más preguntas habría resultado innecesarias, concluí que sufría una Cetosis, una toxemia de gestación. Otro error, si tú que lees no sabes de lo que hablo, aquel que vive pegado a esos grandes rumiantes más tiempo que en su casa, solo sabe de lo que oye y ve pero las palabras técnicas que puede retener es difícil que las llegue a comprender. Otro capotazo de Juanjo me auxilio, aunque objetando que eso era más común después de parir, no antes.
    Bueno, bueno, bueno, en ese momento no habría habido forma de hacerme comprender por los dos. Solo para explicar el porque de mi diagnóstico tendría que tirarme media hora larga divagando y con dudas de si Juanjo podría seguir en ritmo de mis razonamientos. Mala idea, así que opté por recomendarle un tratamiento con suero glucósido intravenoso, metionina líquida y un protector hepático. De inmediato los ojos y las orejas de Diego se dirigieron al volante del tractor desde el que escuchó los nombres comerciales, es decir, lo que ponía en las etiquetas, pues Juanjo al ser más joven conocía mejor y comprendía muchos de los tecnicismos de la jerga veterinaria.
    Acabó siendo el vaquero al que visitaba el que se llevó los aplausos por su profesionalidad y sus conocimientos. Yo en cambio ya me estaba cansando de hablar tan alto para que nadie me escuchara, por lo que decidí retirarme a esperar que acabara de hacer lo que estuviera haciendo encima de aquel molesto aparato a un lugar mucho más silencioso, aquel desde donde las vacas mascaban su rumia apaciblemente.
    March 08

    Arroz con conejo

    En cada hogar, por raro que parezca, existe un plato característico heredado de madres a hijas para celebrar acontecimientos especiales o como en mi caso, prácticamente todos los fines de semana y fiestas de guardar. Sin saber como, se instala en el subconsciente personal como una tradición que religiosamente hay que cumplir pero de la que uno nunca se aburre porque conlleva siempre aires festivos. La rutina, sinónimo de desidia, no tiene porque estar reñida con la alegría, y al tratarse de una comida nunca habrá dos iguales, tanto por el plato que puede salir más o menos caldoso, más o menos salado, como por la conversación con la familia pues en siete días pueden pasar infinidad de cosas.

    Por increíble que parezca solo el arroz con conejo de mi madre consigue reunirnos a la mesa a todos mis hermanos a la misma hora, que la marca siempre la llegada tardía y agitada de mi padre del huerto, y no la retirada del fuego del arroz, como sería la normal. Es el único día en el que librados del trabajo y los agobios nos organizamos para poner la mesa, y solo cuando estamos todos sentados nos ponemos relajadamente a degustar nuestras cucharadas.

    Antes de eso, esta la elaboración tranquila y sin prisas en una paellera grande de raciones para seis o más comensales donde a mi me toca dar delicada muerte al conejo. Cada vez me parece que los elige más pequeños, aunque una vez cocinados no se cómo siempre sobra un poco, así que tengo que fiarme del criterio de la cocinera y dejar a un lado mis conocimientos de cunicultura.

    Por norma, en casa, se abusa del limón en el arroz, tanto que si no hay en la despensa salimos inmediatamente al huerto a coger unos cuantos, y del pan para acompañarlo. Eso es algo que solo he podido comprobar moviéndome por otros ámbitos, comiendo en casas ajenas lo que se supone que también es “arroz con conejo”, porque el que llevo tomando desde chico, bien en casa de mi abuela, bien en la mía, nunca me ha sabido igual que el de las maestras. Costumbres estrafalarias de mi familia. Como también es particular comérnoslo con cuchara y no con tenedor, lo que me resulta extraño e incomodo; para más rarezas, la cotidianidad con la que a veces mis tíos y mis padres no usan platos, sino que con la paellera en el centro de la mesa van tomando la comida, dando cada uno cucharadas a su lado menguando de los bordes al centro todo lo que hay.

    Particularidades y rarezas en las que me siento a gusto, y de las que disfruto arropado por los vínculos de sangre, típicas de un rincón escondido de la huerta del Segura.